Tercera forma del nihilismo: la «verdad» no existe

Según lo veíamos en una entrada anterior, el nihilismo como estado psicológico supone que ya no podemos interpretar el mundo como teniendo un sentido u una finalidad, y tampoco como siendo gobernado por una gran unidad en la que el individuo pueda sumergirse por completo. La tercera forma que adopta el nihilismo, según el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, es la de que ya no hay ninguna verdad.

La explicación que da Nietzsche para esta forma extrema del nihilismo es la siguiente. Cuando el hombre se da cuenta de que el mundo no tiene ningún sentido y de que no hay ninguna unidad que lo gobierne, entonces se dice a sí mismo que el mundo del devenir es puro engaño, pura «apariencia». Una necesidad psicológica le obliga entonces a inventarse un «mundo verdadero», un mundo del más-allá que escape de la corrupción y las miserias de este mundo en el que vivimos. Nietzsche se refiere aquí a toda verdad metafísica que se pretenda cierta, eterna, libre de toda degradación por el tiempo y válida para todos.

El mundo metafísico

De este tipo de verdades las hay de muchos tipos: los cristianos, por ejemplo, creen en el más-allá como un mundo libre de toda corrupción y maldad. Platón, en la Grecia antigua, hablaba de un mundo de las Ideas fijo y eterno que no sufría el paso del devenir. Para Platón este mundo trascendente de Ideas era realmente «verdadero», mientras que el nuestro era simplemente un mundo de apariencias. Los hindúes —y algo similar dicen los budistas— hablan a su vez de este mundo como ilusión (Maya) y lo contraponen al Nirvana, una experiencia de identificación del alma con el uno absoluto (Brahaman). Todos postulan, pues, una especie de «mundo verdadero» que está más-allá de este mundo de ilusiones y engaños. Por eso es meta-físico —es decir, que se encentra más allá del mundo físico que habitamos— y supra-sensible —pues no se puede acceder a él mediante los sentidos.

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La filosofía, desde tiempos de Platón, se ha caracterizado por ser metafísica. Se pregunta por la esencia de las cosas, esto es, por su «ser verdadero» más allá de la apariencia y los cambios del devenir. El nihilismo, en este su tercer sentido, surge cuando el hombre se da cuenta de que la construcción de este supuesto «mundo verdadero» (de Ideas, de esencias, de iluminaciones trascendentes, etc.) se debe sólo a una necesidad psicológica. Es entonces cuando el hombre se prohíbe el recurso a tales construcciones, lo que lo lleva finalmente a ya no creer en nada que se tenga por «verdad». En palabras de Nietzsche:

Dadas estas dos consideraciones: que no se llega a nada con el devenir, y que bajo todos los devenires no gobierna ninguna gran unidad en la que el individuo pueda sumergirse por completo, como en un elemento del más alto valor, queda entonces como subterfugio condenar todo el mundo del devenir como engaño e inventar un mundo situado más allá de este y considerarlo como un mundo verdadero. Pero tan pronto como el hombre llega a darse cuenta de que la construcción de tal mundo se debe tan solo a necesidades psicológicas y no tiene, por tanto, derecho a la existencia, surge la última forma del nihilismo, una forma que comporta en sí misma no creer en un mundo metafísico, y que se prohíbe, igualmente, la creencia en un verdadero mundo.

Friedric Nietzsche, La voluntad de poder, pág. 40.

De esta forma, esta tercera expresión del nihilismo se caracteriza por pensar «que no hay ninguna verdad, que no hay ninguna cualidad absoluta de las cosas, ninguna cosa en sí». Pasa como con el diálogo entre Jesús y Poncio Pilato. Cuando el primero le dice «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz», Pilato, incrédulo e irónico, le pregunta: «¿Y qué es la verdad?». Jesús ya no le responde.

El nihilista niega a Dios y, con él, todas las formas de lo supra-sensible. Por ello niega también lo verdadero. Cuando la humanidad creía en Dios, ante un desacuerdo de opiniones, ante la ignorancia reconocida de un suceso, se decía: «Sólo Dios lo sabe». Dios era, así, el garante de toda verdad, incluso si nosotros la ignorábamos. Pero sin Dios nos quedamos sin ningún garante de la verdad. Dios a muerto, nada es verdad. Nos las vemos aquí, pues, con un mundo sin valores, desprovisto de sentido y finalidad… y carente de verdad. Lo que queda, eso sí, es el mundo de la apariencia, de las infinitas opiniones sobre esto y lo otro. Con el nihilismo habitamos, para decirlo pronto, en el mundo de la post-verdad.

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