El nihilismo y el «eterno retorno de lo mismo» en la filosofía de Nietzsche

En entradas anteriores veíamos —sintetizo— que para Nietzsche el nihilismo implica que los valores supremos —es decir, los de la moral cristiana— pierden toda validez. Se pierde, así, la respuesta al «por qué» y desde entonces «nada tiene sentido». El ser humano pierde por ello el propósito de su existencia y con ello también el ánimo, pues siente la tortura de que todo su esfuerzo ha sido (y es) «en vano». Nada es verdad, Dios está muerto.

Ahora bien, si la trascendencia de Dios y el más-allá en tanto que fundamento de nuestros valores quedan negados, se requiere un nuevo principio para fundar nuevas tablas de valores. «Transvaloración de todos los valores» significa para Nietzsche, precisamente, que «el lugar» mismo de los valores anteriores (Dios, el más-allá, el cielo, la trascendencia, etc.) desaparece.  Entonces, si la interpretación del sentido y finalidad del ente en su totalidad ya no puede tener lugar en lo suprasensible, ¿de dónde se extraerán ahora los nuevos valores? La respuesta de Nietzsche: del ente mismo y su voluntad de poder.

Pero la voluntad de poder tiene como esencia un sobrepotenciarse que nunca cesa y que no tiende a otro fin que a sí misma. Como comenta Heidegger en su Nietzsche, el ente en su totalidad (el Universo entero), considerado como pura voluntad de poder, debe ser «un constante «devenir«, y este «devenir», sin embargo, no puede nunca en su movimiento salir hacia un fin que esté fuera de sí […]». Por el contrario, encerrado en esta constante necesidad de acrecentar su poder, la voluntad de poder del ente vuelve constantemente a sí misma.

Por ello Nietzsche afirma que el carácter del poder es el propio devenir: «tiene siempre que volver a retornar y a traer lo mismo». Por esta razón Nietzsche determina el carácter fundamental del ente, en tanto que voluntad de poder, como «eterno retorno de lo mismo».

El «eterno retorno de lo mismo»

Nietzsche llega a esta conclusión por el razonamiento según el cual, si el mundo tuviese un fin o una meta que alcanzar —llámese Juicio Final, Big Crunch, Apocalípsis, conflagración universal, etc.— este fin ya se habría logrado y nuestro pensamiento, que está siempre en devenir, ya no podría seguir existiendo. Pero, según comprobamos, el devenir sigue siendo y nosotros continuamos pensando, por lo que tal finalidad del mundo no puede existir. En palabras de Nietzsche:

Si el mundo tuviese un fin, este fin se habría ya logrado. Si hubiese algún estado final no previsto, también debería de haberse realizado. Si el mundo fuese, en general, capaz de persistir y de cristalizar, de «ser»; si en todo su devenir tuviese
sólo por un momento esta capacidad de «ser», hace mucho tiempo que hubiera terminado todo devenir, y, por consiguiente, todo pensamiento, todo «espíritu». El hecho de que el espíritu sea devenir demuestra que el mundo carece de meta, de estado final, y que es incapaz de ser.

Friedrich Nietzsche, La voluntad de poder, pág. 675.

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Nótese —abro aquí un paréntesis— que Nietzsche contrapone «ser» a «devenir». Desde los presocráticos, nada que se encuentre en devenir puede «ser», puesto que en el momento en que «deviene-otra-cosa-que-sí-mismo», deja inmediatamente de «ser-sí-mismo». Nada, pues, que no persista en el tiempo puede «ser». Nada «es», sino que todo «deviene». Si el mundo tuviera una finalidad, una meta que alcanzar, alcanzaría allí su estado final, su «cristalización», su «ser». Habiendo alcanzado su fin, el mundo dejaría de devenir. En suma, si algo está en devenir, no puede «ser»; y si algo «es», entonces no puede devenir.

En fin, volviendo al tema, si negamos que le mundo tenga una finalidad o una meta que alcanzar (un sentido, precisamente), debemos también olvidarnos del mito de la Creación. «La hipótesis de un mundo creado —afirma Nietzsche— no debe preocupamos por un solo momento. El concepto «creación» es hoy sencillamente indefinible, irrealizable: es simplemente una palabra,
rudimentaria y derivada del tiempo de la superstición». No hay, pues, ni comienzo ni final, ni mucho menos una tabla de valores venida del más-allá a la que tendríamos que subordinarnos. Como explica Heidegger:

El eterno retorno de lo mismo proporciona al mismo tiempo la interpretación más precisa del «nihilismo clásico», que ha aniquilado toda meta fuera y por encima del ente. Para este nihilismo, la sentencia «Dios ha muerto» expresa no sólo la impotencia del Dios cristiano sino la impotencia de todo lo suprasensible a lo que el hombre debiera o quisiera subordinarse.

Martin Heidegger, Nietzsche, pág. 555.

El mundo debe entonces concebirse como puro juego de fuerzas que «deberá atravesar un número determinado de combinaciones en el gran juego de dados de su existencia». De eso se trata el «eterno retorno de lo mismo»: el Universo es un círculo que ya se ha repetido una infinidad de veces y que seguirá repitiendo su juego ad infinitum. Cito para terminar, in extenso, el bello fragmento con el que cierra La voluntad de poder:

¿Y sabéis, en definitiva, qué es para mí el mundo?… ¿Tendré aún que mostrároslo en mi espejo?… Este mundo es prodigio de fuerza, sin principio, sin fin; una dimensión, fija y fuerte como el bronce, que no se hace más grande ni más pequeña, que no se consume, sino que se transforma como un todo invariablemente grande; es una cosa sin gastos ni pérdidas, pero también sin incremento, encerrada dentro de la nada como en su límite; no es cosa que se concluya ni que se gaste, no es infinitamente extenso, sino que se encuentra inserto como fuerza, como juego de fuerzas y ondas de fuerza: que es, al mismo tiempo, uno y múltiple; que se acumula aquí y al mismo tiempo disminuye allí; un mar de fuerzas corrientes que se agitan en sí mismas, que se transforman eternamente, que discurren eternamente; un mundo que cuenta con innumerables años de retorno, un flujo perpetuo de sus formas, que se desarrollan desde la más simple a la más complicada […] Este mundo mío dionisíaco que se crea siempre a sí mismo, que se destruye eternamente a sí mismo; este enigmático mundo de la doble voluptuosidad; este mi «más allá del bien y del mal» […] ¿queréis un nombre para ese mundo? ¿Queréis una solución para todos sus enigmas? ¿Queréis, en suma, una luz para vosotros, ¡oh desconocidos!, ¡oh fuertes!, ¡oh impávidos!, «hombres de medianoche?».
¡Este nombre es el de «voluntad de poder», y nada más! …

Friedrich Nietzsche, La voluntad de poder, págs. 679 y 680.

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