Los relatos del mundo

Las narraciones son una parte fundamental de la vida humana. Podría afirmarse incluso que la capacidad de narrar es una de las características que nos distingue de los demás animales. ¿Cuándo se ha visto que un perro le cuente a otro perro lo que hizo el día de ayer en el parque, o que un caballo le diga a otro de qué forma ganó su última carrera? El mundo humano, en cambio, es un mundo tejido de relatos. “Innumerables son los relatos del mundo”, decía Roland Barthes en un famoso texto de 1966 (“Introduction à l’analyse structurale des récits”).  

Y no se refería solamente a los relatos de ficción que encontramos en las novelas y cuentos de nuestra librería más cercana, sino a aquellos que hacen el mundo cotidiano donde vivimos. Desde el chisme de nuestro vecino que nos cuenta cómo se metieron a robar en el edificio de junto, hasta los reportajes periodísticos de dan cuenta de los sucesos diarios que son relevantes para nuestra vida en sociedad. Desde las anécdotas de sobremesa, a los relatos de los historiadores sobre algún acontecimiento de importancia trascendental. Un mismo suceso social es relatado de diferentes maneras por los partidos políticos, por ejemplo, de acuerdo a la interpretación que mejor convenga a sus intereses. Y es que la vida humana está tejida de relatos. Nuestra experiencia diaria sería muda sin ellos, esto es, estaríamos, como los animales, imposibilitados de comunicar nuestra experiencia a otros si no fuera porque poseemos la extraña y poderosa capacidad de relatar lo que experimentamos. Es como si nuestra acción cotidiana estuviera siempre “en busca de relato”. Según la Dra. Luz Aurora Pimentel, nuestras narraciones cotidianas son selecciones orientadas de nuestra experiencia que llevan a cabo una “composición” que significa y/o resignifica esa experiencia (Luz Aurora Pimentel, El relato en perspectiva, pág. 7). Pues no relatamos todo lo que nos sucede, ¡sería absurdo! Imaginemos a algún amigo que, a la pregunta ‘¿Qué hiciste hoy?’, nos respondiera relatándonos su día con máximo detalle y sin omitir ninguna nimiedad (“Primero creo que abrí el ojo derecho, pero yo todavía tenía sueño y lo volví a cerrar. Se escuchaba un pajarito cantando en el árbol de enfrente y yo pensé «Vamos, tú te despiertas temprano porque no saliste ayer a tomar unas cervezas con tus emplumados amiguitos…»”, etc.). Al minuto estaríamos cabeceando. Lo que hacemos al narrar es, con ayuda de la memoria, seleccionar aquellos incidentes de nuestra vida o la de otros que nos son interesantes. Es esta selección la que significa o resignifica lo que de otra manera sería pura experiencia sin forma, embrollada, oscura, afásica. Como dice Paul Ricœur, “las intrigas que inventamos […] son una forma privilegiada por medio de la cual reconfiguramos nuestra experiencia temporal confusa, informe y, en última instancia muda” (Paul Ricœur, Tiempo y narración, pág. 13). Así, nuestro amigo, si fuese buen narrador, nos contaría lo más destacable de su día, de manera que ese día cobraría su particular individualidad y significación por la serie de sucesos relevantes que un posible relato seleccionaría. Por ello Ricœur afirma que nuestra vida cotidiana es, de alguna manera, “una estructura pre-narrativa”, esto es, una materia disponible para formar, a partir de ella —y mediante la selección que opera por memoria e interés—, un verdadero relato. Nuestras vidas exigen los relatos. Por ello afirma Pimentel que reflexionar sobre el relato no es una actividad ociosa desde el momento en que ello nos ofrece una posibilidad de refinar nuestra vida en comunidad, nuestra vida narrativa. Pues como afirma Ricœur, “el tiempo deviene tiempo humano en la medida en que se articula en un modo narrativo” (Ibid., pág. 85).

La importancia del relato en nuestras vidas es tal que incluso historiadores y antropólogos hablan de la primera vez en que el homo sapiens inventó ficciones como de un parteaguas en la historia de la humanidad. Pero de eso hablaremos en otra entrada: Las ficciones que somos.

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