Las ficciones que somos

Como decíamos en una entrada anterior, el mundo humano es un mundo tejido de relatos. Somos un animal de historias, un animal que narra. El historiador israelí Yuval Noah Harari, en su estupendo libro De animales a dioses, hace un interesante recuento de las teorías que dan cuenta de lo especial que es nuestro lenguaje y las funciones únicas que cumple en nuestra especie.


¿Qué nos hace humanos? Sí, sin duda una extraña mutación en el ADN de algún abuelo nuestro de la familia de los sapiens hace más de 70,000 años que cambio sus conexiones cerebrales internas y que le permitió pensar de una manera asombrosa y sin precedentes. Esta mutación dio origen a una verdadera revolución cognitiva que estuvo marcada por la invención de herramientas, vestidos, arte y joyería, pero también de religiones, mitos y leyendas. Esto suponía que el sapiens había adquirido con esa mutación un tipo de lenguaje totalmente novedoso y sumamente poderoso para los estándares terrestres en aquellas remotas épocas. Pero, ¿podría decirse que se trató de la aparición del primer lenguaje en el mundo? Difícilmente, pues eran ya bastantes los animales que en ese entonces poseían algún tipo de lenguaje para comunicarse. Como dice Harari, algunos insectos como las abejas o las hormigas poseen la capacidad de comunicarse entre ellas mediante feromonas. Se informan, por ejemplo, sobre la existencia de comida en algún lugar o sobre si hay un depredador cerca del hogar al que hay que atacar en grupo. ¿Será, entonces, que el lenguaje humano fue el primer lenguaje vocal? Tampoco, pues animales como los monos, las ballenas o los delfines utilizan varios sonidos vocales para comunicarse. El mundo de los gritos animales está lleno de significados. Harari menciona el ejemplo de los monos verdes, que emplean varios tipos de vocalizaciones para comunicarse. Por ejemplo, estos monos tienen un aullido especial que significa «¡Cuidado, un águila!» y otro diferente que significa «¡Cuidado, un león!». Pero los humanos primitivos eran no sólo capaces de avisarse mutuamente si había un predador o alguna fuente de alimento cerca. Su capacidad era mucho más poderosa que eso. Podían decirse cosas como «Vi un león cerca del peñasco; algunos metros atrás iban cuatro hembras y algunos cachorros. Seguían el rastro de una manada de cebras que ahora se encuentra en el lago x…», etc.


Una segunda teoría que menciona Harari es que nuestro lenguaje evolucionó como una variante del chismorreo. Siendo el homo sapiens un animal social, la cooperación entre los miembros del grupo era (y sigue siendo) un requisito clave para la supervivencia de la especie. “No basta —afirma Harari— con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo” (Harari, 2014, 36). Hay numerosos estudios que respaldan esta teoría (entre los más destacables, el trabajo del profesor Robin Dunbar, Grooming, Gossip and the Evolution of Language), y hay que ver cuánta de la información en nuestros medios de comunicación modernos sigue siendo puro chismorreo. Piénsese si no en Twitter, Facebook, Instagram, las revistas sobre política, sobre el espectáculo… incluso muchas de las notas de los periódicos o las noticieros televisivos más serios son chismes, chismes y más chismes. Yo estudié filosofía y he estado en varias charlas de sobremesa o en convivios nocturnos con filósofos serios y respetables. ¿Usted cree que hablamos de las Ideas platónicas o del Espíritu Absoluto hegeliano? Muy poco. Se habla más de las rencillas políticas internas en la facultad, de los romances que son un secreto a voces, de la corrupción de algunos profesores, etc. Puro chisme. Pero no se crea que es crítica: la teoría afirma que somos una especie esencialmente chismosa porque el chisme es un elemento necesario para la cooperación social organizada.


En fin, Harari piensa que estas dos teorías —la del chismorreo y la del «león cerca del peñasco»— son igualmente válidas. Con todo, lo que a él le parece la característica realmente única de nuestro lenguaje no es la capacidad de transmitir información sobre los hombres y los leones, sino la de “transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto”. Y es que, como decíamos líneas arriba, con la revolución cognitiva también llegaron las leyendas, los mitos y las religiones. Muchos animales podían decir previamente «¡Cuidado, un león!», pero sólo el homo sapiens podía decir «El león es el espíritu guardián de nuestra tribu» (Ibid., 37). Esto, según Harari, tuvo consecuencias asombrosas, pues si con el chismorreo podía ayudar a formar grupos más estables de unas 150 personas, con los mitos y las religiones las sociedades humanas ahora podían alcanzar los miles o incluso los millones. El secreto —sostiene Harari— fue la aparición de la ficción.

Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes. Cualquier cooperación común a gran escala (ya sea un Estado moderno, una iglesia Medieval, una ciudad antigua o una tribu arcaica) está establecida sobre mitos comunes que sólo existen en la imaginación colectiva de la gente.

(Ibid., 41).

Piénsese en el nazismo, en las religiones católica, musulmana o judía; incluso el Estado de derecho y los sistemas judiciales. Son todas ficciones sostenidas en conjunto para que las sociedades humanas puedan tener cierta cohesión y estabilidad. Pues —afirma el autor— ninguna de estas cosas existe fuera de los relatos que nos inventamos y que nos contamos unos a otros. “No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos” (Ibid.). Hay que decir que esta no es una idea original de Harari. Nietzsche ya había formulado las mismas ideas un siglo atrás. Para el filósofo alemán, el mundo “verdadero” era fábula, ficción, una ilusión generada por la inseguridad del animal humano y su necesidad de sobrevivir en una naturaleza hostil. Ahora bien, estos autoengaños en los que se sumerge el hombre no son simplemente mentiras. Son lo que los académicos llaman «constructos sociales» o «realidades imaginadas». El sacerdote como líder espiritual, el papel dinero en nuestros bolsillos, incluso una coorporación como Walmart o Google, son realidades imaginadas. Google, por ejemplo, existe como entidad legal. Puede abrir cuentas bancarias, paga impuestos, tiene propiedades a su nombre y puede ser demandada. Pero, ¿dónde existe Google y qué tipo de entidad es? ¡¿Qué diablos es Google?! Respuesta: es una «ficción legal», una ficción del tipo «compañías de responsabiliad limitada». Es, pues, una realidad imaginada.

A diferencia de la mentira —dice Harari—, una realidad imaginada es algo en lo que todos creen y, mientras esta creencia común persista, la realidad imaginada ejerce una gran fuerza en el mundo […] Así, desde la revolución cognitiva, los sapiens han vivido en una realidad dual. Por un lado, la realidad objetiva de los ríos, los árboles y los leones; y por el otro, la realidad imaginada de los dioses, las naciones y las corporaciones.

(Ibid., 46)

Es lo que Nietzsche llamaba «las potencias de lo falso», ficciones útiles que se tienen por verdad y sin las cuales nuestra vida sería precaria, insegura, inestable, desordenada. Estos son los relatos que tejen al mundo, los relatos que nos constituyen, las ficciones que somos.

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