Clasifica tus deseos como Epicuro para lograr una vida venturosa

Para Epicuro, el principio del vivir venturoso y el fin de la vida es el placer. Pero no se crea que para él «placer» significaba atascarse de manjares y vino, consumir drogas o adquirir lujos innecesarios. Para Epicuro «placer» significaba simple y sencillamente ausencia de dolor.

En el performance del vivir, placer y dolor eran para Epicuro los dos datos primarios de la vida y también los dos polos entre los cuales nuestra vida va haciendo una especie de línea melódica en la que cada instante puede compararse con los antecedentes en términos de mayor o menor placer o dolor. Ahora bien, la tesis epicúrea plantea que la vida está en su punto óptimo y no carece de nada únicamente en el placer.

Por ello es de suma importancia saber hacer un buen cálculo y considerar racionalmente tanto los provechos como las desventajas de todas nuestras elecciones y rechazos, de manera que nuestra línea melódica vital se mantenga lo más posible en la vecindad del polo del placer. Y para ello Epicuro nos recomienda reflexionar en una interesante clasificación de los deseos (las dos últimas partes de su tetraphármakon) que aquí vamos a analizar. El fragmento de la Carta a Meneceo dice así:

Consideremos, además, que, de los deseos, unos son naturales,
otros vanos, y de los naturales, unos son necesarios, otros sólo naturales;
de los necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para la ausencia de malestar del cuerpo, otros para el vivir mismo. Pues una consideración no descaminada de éstos sabe referir toda elección y rechazo a la salud del cuerpo y a la imperturbabilidad, puesto que esto es el fin de la vida venturosa.

Epicuro, Carta a Meneceo

Tenemos así el siguiente esquema:

Los deseos vanos son aquellos que para Epicuro deberíamos evitar a toda costa, pues infringen los límites establecidos por nuestra naturaleza y nos conducen a la infelicidad. Se trata de aquellos deseos que persiguen de manera obsesiva ostentaciones y lujos completamente innecesarios para nuestra vida. Podemos incluir aquí el deseo de poder, la avidez de riqueza y de fama o el deseo de inmortalidad. Son deseos que, según Epicuro, sólo nos traerán intranquilidad y pesadumbre (dolor), cuando la vida buena requiere de mucho menos.

Piénsese aquí en la enorme cantidad de gente que actualmente vive en un estado de estrés continuo y que está llena de ansiedades y de frustraciones; en todos aquellos que soportan penosísimas cargas de trabajo a costa de la familia, la salud y la tranquilidad mental. Y todo por conservar e intentar acrecentar ese sueldo que nunca parece ser suficiente y que permite adquirir y alardear de innumerables y banales fruslerías. Considérese también la gran cantidad de «famosos» que, rodeados de lujos en sus grandes mansiones y colmados de atención mediática, viven una vida completamente miserable. Para Epicuro, el hombre sabio no se deja engañar por todas estas fachadas de «vida buena» y jamás se dejaría llevar por tales tentaciones.

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Existen otros deseos que, si bien son naturales, nos conducen al dolor en caso de no ser satisfechos. El apetito que sentimos por ellos, en todo caso, es fácil de eliminar. Son los deseos que apuntan al placer de los sentidos (vista, audición, tacto, sabor y olor), por lo se cuentan entre ellos el placer sexual y el deseo de belleza. Atención: no dice Epicuro que debamos evitar el sexo a toda costa y que no disfrutemos de la belleza que nos rodea cuando la posibilidad de hacerlo está a la mano. Epicuro no era ningún mojigato. Sólo nos advierte que, si el deseo de sexo y de belleza es grande pero, por alguna razón, no podemos satisfacerlos, ello nos traerá inevitablemente dolor e infelicidad. Así, no se trata de evitar del todo estos deseos, pero se ha de ser muy prudente en el cálculo y administración de los mismos.

Epicuro de Samos

A Epicuro le interesarán sobre todo los deseos naturales necesarios, pues es la satisfacción de estos deseos lo que hará cesar el dolor. Así, los que son necesarios para la vida misma son del orden del hambre y la sed. Nos es forzoso satisfacerlos si no queremos vernos pronto rodeados de una gran aflicción. Necesarios para la ausencia de malestar en el cuerpo son aquellos que buscan protegernos contra las amenazas de las inclemencias del ambiente: ropa, calzado, techo, y todo lo relativo a la salud del cuerpo. Por último, los que son necesarios de la felicidad son los deseos que liberan de la inquietud del alma, en los que Epicuro incluía la amistad y la filosofía.

La vida no pide demasiado para estar satisfecha. Su estado óptimo se satisface, incluso, de manera innata, automática, natural. Epicuro, en consonancia con las ciencias contemporáneas, buscaba en cierta forma la homeostasis del cuerpo y la mente, entendiendo por ésta el «conjunto de fenómenos de autorregulación, conducentes al mantenimiento de una relativa constancia en la composición y las propiedades del medio interno de un organismo». Según el neurocientífico Antonio Damasio,

Todos los organismos vivos, desde la humilde ameba hasta el ser humano, nacen con dispositivos diseñados para resolver automáticamente, sin que se requiera el razonamiento adecuado, los problemas básicos de la vida. Dichos problemas son: encontrar fuentes de energía; mantener un equilibrio químico del interior compatible con el proceso vital; conservar la estructura del organismo mediante la reparación del desgaste natural, y detener los agentes externos de enfermedad y daño físico. La palabra ‘homeostasis’ es el término apropiado para el conjunto de regulaciones y el estado resultante de la vida regulada.

Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, pág. 40.

De la misma manera, Epicuro señala que nuestro cuerpo actúa en función de la evitación del dolor mediante la satisfacción de estos deseos naturales necesarios. Cuando éstos deseos son colmados, nada más nos hace falta, ni siquiera otros placeres añadidos, pues, muchas veces, pretender pasar este límite sólo nos traerá nuevos malestares.

En efecto, es en virtud de esto [de la satisfacción de los deseos naturales y necesarios] que hacemos todo, para no padecer dolor ni turbación. Y una vez ha surgido esto en nosotros, se apacigua toda tempestad del alma, no teniendo el viviente que ir más allá como hacia algo que le hace falta, ni buscar otra cosa con la cual completar el bien del alma y del cuerpo. Porque nos ha menester el placer
cuando, por no estar presente, padecemos dolor; pero cuando no padecemos dolor, no nos es preciso el placer.

Epicuro, Carta a Meneceo

Podemos decir, pues, que los deseos naturales necesarios son los únicos realmente importantes para conducirnos a una vida venturosa, es decir, a la homeostasis como estado de equilibrio vital en el que no hay dolor y, por lo tanto, nuestro organismo está en su estado óptimo, lleno del puro placer de estar vivo.

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