Aprende a identificar y evitar la información redundante en tus relatos

La especialista en teoría literaria Luz Aurora Pimentel, en su magnífico libro El relato en perspectiva, define el relato como «la construcción progresiva, por la mediación de un narrador, de un mundo de acción e interacción humanas, cuyo referente puede ser real o ficcional». Ahora bien, esta construcción progresiva de un mundo no puede consistir en otra cosa que en una secuencia de informaciones. La tarea más importante del escritor es, por ello, la de tomar las decisiones apropiadas sobre cómo transmitir dichas informaciones.

Decisiones sobre qué contar y qué no, en qué momento, que se resume y qué se escenifica, qué se dice y que se muestra, etc. Con frecuencia el escritor cae en errores que es necesario evitar con respecto al modo como se transmite la información. Uno de los más comunes es poner información redundante o reiterar innecesariamente algo que ya quedó suficientemente claro. Ya había hablado de la reiteración en una entrada anterior: el autor cae en la reiteración cuando primero dice la información y luego la muestra. Pero también caemos en ella cuando encadenamos muchas versiones diferentes de la misma información que nada aportan al texto. ¿A qué me refiero con esto?

A menudo el escritor está convencido de que cierta parte del relato es importantísima y por ello repite la idea una y otra vez. Veamos un ejemplo:

A Pedro le dolía el estómago por el hambre. Llevaba horas sin comer. Se había gastado ya todos sus ahorros y no tenía un peso en la bolsa para comprar comida. Ya no recordaba qué había sido lo último que había comido. Era pobre y necesitaba dinero… etc.

El problema con este párrafo no sólo es que el autor nos repite hasta el cansancio que Pedro tiene hambre porque es pobre, sino que lo hace muchas veces con frases que pueden ser incluso ofensivas para la inteligencia del lector. «A Pedro le dolía el estómago por hambre. Llevaba horas sin comer». ¿En serio? Esto es igual a que si alguien nos dijera «Lucía bajó las escaleras para llegar al cuarto de abajo», o«Jorge salió de la alberca completamente mojado y se tumbó al sol para secarse». Parece algo obvio, pero este error es más común de lo que parece. A veces la redundancia no es tan obvia (como la de frases del tipo«Bajó para abajo«): «Raúl seguía esperando, pues Julia aún no había llegado» es una frase en apariencia inocente, pero sigue siendo redundante. Si suprimimos una de las dos partes de la frase, la idea se entiende perfectamente y el texto queda menos plomizo. «Betty se detuvo en el espejo para arreglarse el cabello, pues quería verse más atractiva»… ¿Lo ves? Si lo dejamos en «Betty se detuvo en el espejo para arreglarse el cabello», ¡se entiende que lo hace porque quería verse más atractiva! Y la misma regla aplica a la hora de transmitir un sentimiento. Veamos un ejemplo:

Arturo pensaba en aquel abrazo una y otra vez. Estaba celoso. ¿Por qué ese tipo la abrazaba de esa manera, si sólo era su compañero de trabajo? Recordó con odio la cara su adversario y golpeó la mesa con el puño. Se sentía impotente, pues no podía ver qué estarían haciendo ellos en ese momento en la oficina. Sintió deseos de matar al tipo. Sus celos estaban tomando el control… etc.

Aquí ocurre lo mismo: el autor repite hasta el cansancio que Arturo siente celos, pero un sentimiento no se transmite más eficazmente porque se aluda a él una y otra vez. Más efectivo sería que se seleccionaran las palabras precisas y las imágenes más sugerentes para que la escena lo muestre con elegancia. Pocas palabras son más que suficientes. No hay que subestimar a nuestro lector, él entenderá.

Otro error muy común a la hora de construir nuestro relato es el de introducir «información para el lector», pero de eso hablaremos en la siguiente entrada.

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