Cómo hacer que el narrador no se entrometa en la historia

En el siglo XIX era muy normal que el narrador de la novela emitiera juicios sobre sus personajes o las situaciones en los que éstos se metían. Sin embargo, actualmente el gusto del lector apunta a lo contrario, por lo que los escritores cada vez están menos presentes en sus relatos. Pero, ¿qué significa que el narrador esté o no «presente» en el relato?

Sin duda, que el narrador «no esté presente» no quiere decir en lo absoluto que no haya narrador (¿quién contaría la historia si no?), sino que el narrador «no meta sus narices en la historia». Para hablar en términos filosóficos, se trata de que el narrador sea lo más objetivo posible y que meta su subjetividad en un cajón. Cuando el narrador mete su subjetividad en el texto, emite juicios de valor a medida que nos va narrando la historia. Esto por supuesto no tendría nada de malo si el narrador es uno de los personajes, pero si se trata de un narrador omnisciente (focalización cero), no es muy recomendable juzgar lo que se va contando. Según el diccionario, subjetivo significa «perteneciente o relativo al sujeto, considerado en oposición al mundo externo», o «perteneciente o relativo al modo de pensar o de sentir del sujeto, y no al objeto en sí mismo». Veamos el siguiente ejemplo:

Tomás era un vicioso y le gustaba consumir marihuana, esa abominable droga que destruye a las personas.

Aquí el narrador está introduciendo su subjetividad al emitir dos juicios: «Tomás es un vicioso» y «la marihuana es abominable porque destruye a las personas». Al hacerlo, le quita la oportunidad al lector de sacar sus propias conclusiones, pues le da la información ya masticada y digerida. Lo que es peor, puede estar juzgando sin proponérselo al propio lector, que tal vez tenga una opinión muy diferente sobre esa droga. En el siglo XIX era normal que el narrador metiera sus juicios de valor en el texto tal vez porque era una época muy conservadora. Pero los tiempos han cambiado y hoy el narrador tiene que cuidarse mucho para meter su moralina en el texto. Para ello tiene que ser objetivo, concepto que significa «perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir», o «que existe realmente, fuera del sujeto que lo conoce». Para ello es mucho más preferible que el autor muestre a los personajes actuando y nada más. Veamos el mismo ejemplo, esta vez relatado con objetividad:

Eran ya las nueve de la noche y Tomás se forjaba su séptimo churro de marihuana. El día entero había sido para él una mezcla de delirio, euforia y confusión, un estado al que ya estaba acostumbrado y que él prefería a la sobriedad. Había intentado trabajar en el reporte que tenía pendiente, pero se había sentido demasiado desorientado para comenzar. Lucía le había llamado dos veces, pero Tomás había preferido no contestar en ese estado que sabía que a ella le molestaba.

En este segundo ejemplo vamos cómo el narrador describe solamente hechos objetivos sin juzgarlos. El lector puede muy bien sacar sus propias conclusiones de los actos de Tomás y juzgarlo cuanto quiera. Puede incluso llegar a la conclusión de que Tomás es efectivamente un vicioso y que la marihuana (por lo menos en su caso) lo está destruyendo laboral y socialmente. Pero esa será su propia conclusión, no la del narrador, que sólo se lo está mostrando. Como se puede ver, esto tiene que ver con un tema que ya veíamos en otra entrada: mostrar y decir. Cuando el autor entromete sus juicios en la historia, está diciendo y explicando desde su subjetividad lo que pasa en ella. Esto era más común en la literatura decimonónica, donde se trabajaba comúnmente con un narrador omnisciente que se podía meter ad libitum en la mente de sus personajes y emitir sus propios juicios y opiniones (para profundizar más en este tipo de narrador, da cliq aquí). Cuando el autor, en cambio, es objetivo, se limita a mostrar lo que los personajes hacen, dejando que el lector saque sus propias conclusiones. De acuerdo a la sensibilidad del lector actual, es preferible que el narrador no se entrometa en la historia. Incluso si se trata de un narrador omnisciente, el mejor consejo es que deje actuar a los personajes y no meta mucho sus narices.

También te puede interesar:

Aprende a identificar y evitar la información redundante en tus relatos

Potencia tu creatividad narrativa con la pregunta «¿Qué ocurriría si…?»

Cómo enganchar a tu lector creando intriga en tus relatos

Nunca olvides estos tres elementos cuando construyas las escenas de tu narración

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.