A la hora de narrar tu historia, no confundas el resumen con la escenificación

La gran especialista mexicana en narratología, Luz Aurora Pimentel, define el relato como “la construcción progresiva, por la mediación de un narrador, de un mundo de acción e interacción humanas, cuyo referente puede ser real o ficcional” [Luz Aurora Pimentel, El relato en perspectiva, pág. 10]. En este sentido, el relato es —como dice Jonathan Culler— un “contrato de inteligibilidad” que el autor pacta con el lector. Ahora bien, decíamos en una entrada anterior que el autor tiene a la mano principalmente dos estrategias para construir el mundo que quiere transmitir al lector: decir y mostrar.

Decíamos que casi siempre es preferible mostrar la acción, los gestos y las circunstancias de la historia directamente, en lugar de simplemente decir y explicar al lector qué pasa en ella. Decimos lo que pasa cuando escribimos, por ejemplo, «María es pobre» o «Jorge sentía infelicidad». Mostramos, por el contrario, cuando nos deshacemos de los verbos ser y sentir y en su lugar ponemos imágenes que representen la pobreza o la felicidad: «María ya tenía agujeros en los zapatos y su suéter estaba raído y sucio»; «Las lágrimas corrían por las mejillas de Jorge», etc. (Remito a la entrada citada para profundizar en este tema). Con todo, cuando el autor busca construir su relato, es necesario que sólo escoja algunos elementos. Imaginemos que vamos a relatar la aventura de un solitario marinero que se extravía tres largos meses en altamar. Si nos propusiéramos mostrar lo que le acontece segundo a segundo en cada día de su recorrido, no sólo dormiríamos al lector sino que nuestro trabajo se volvería imposible. Muchas horas e incluso días en los que nuestro infortunado marinero no hace sino dormir y esperar tendrían que ser obviados o resumidos. Lo que hay que mostrar y recrear con detalle serán sólo los hechos más significativos: cuando una ballena volteó su barco; cuando un barco pasó de largo sin verlo; cuando contrajo escorbuto, etc. Hay que hacer, pues, una selección de acontecimientos, y son estos sucesos trascendentales aquellos que requerirán que les construyamos su merecida escena:

Samuel divisó primero, como en tropel bajo su pequeña embarcación, una serie de grandes sombras que iban de norte a sur. Comprobó que eran ballenas jorobadas cuando una de ellas dio un gran salto fuera del agua, mostrando su enorme vientre pinto y surcado de pliegues. Más tranquilo, estaba por sentarse de nuevo en el travesaño cuando de pronto, en cosa de un segundo, su frágil nave voló por los aires como si fuera de papel y cayó cabeza abajo. Samuel alcanzó a sentir la piel de la ballena con sus pies desnudos antes de regresar a la superficie, pero una fuerte corriente de agua, producida por el aleteo submarino del animal, lo jaló de nuevo hacia las profundidades… etc.

Aquí estamos escenificando un suceso de importancia, siendo absolutamente fieles al paso del tiempo y mostrando con todo detalle la acción que acontece. Ahora bien, acudiremos al resumen para todos aquellos días y semanas en los que nuestro personaje sólo durmió y esperó sin que ocurriera nada relevante. O no sé, tal vez tenía una rutina que repetía día tras día:

Samuel se había hecho de una rutina diaria. Al amanecer, tendía con la manta su techumbre para protegerse del sol. Enseguida recogía el agua que durante la noche se había condensado en la bolsa de plástico que para aquel fin había hábilmente dispuesto. Luego revisaba el hilo de pescar por si algo había picado el ansuelo. A veces platicaba solo o con algún ser querido que él imaginaba presente. Así pasaban días y semanas… etc.

Como se puede ver en el ejemplo anterior, aquí estamos resumiendo muchos días en los que no ocurre nada trascendental y que sin embargo es importante no dejar fuera del relato. Hay que intercalar sabiamente los resúmenes y las escenificaciones de manera que el ritmo de nuestra historia no resulte monótono. Para ello, es muy conveniente plantearse qué partes de la historia aparecerán resumidas y qué partes merecerán una escena propia. Ambas formas, como te podrás imaginar, son herramientas fundamentales para construir el mundo que queremos transmitirle a nuestro lector. En síntesis, en palabras de Lola Sabarich:

Resumir supone limitarse a mencionar los elementos esenciales de un tramo de la historia que, aun teniendo interés, no merece ser recreado con detalle. En ocasiones, el resumen sirve para introducir una escena o dar continuidad al relato.

Escenificar supone recrear pormenorizadamente un momento de la historia, de modo que el lector tenga la impresión de que en ese segmento el relato avanza en tiempo real.

En una entrada posterior veremos cuáles son los elementos necesarios para la construcción de la escena. ¡No olvides tus comentarios!

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